En algún momento entre los ocho y los diez años, muchos niños que antes te lo contaban todo empiezan a responder "estoy bien" y a cerrar la puerta de su cuarto. Algunos se lo guardan durante días y luego estallan por un lápiz perdido; otros lloran con facilidad y se mueren de vergüenza por ello; otros tienen algo en la cabeza pero no encuentran ni una palabra para decirlo. Nada de esto significa que los hayas perdido. Significa que se están convirtiendo en personas más reservadas y más conscientes de sí mismas, y la forma de hablar de sentimientos tiene que crecer con ellos.
Por qué ocurre a esta edad
El gran cambio de estos años es la timidez social. Un niño de ocho a diez años es muy consciente de que lo miran y lo juzgan, sobre todo otros niños, y ya ha notado qué sentimientos provocan burlas. Llorar delante de la clase o admitir que echas de menos a tus padres en una fiesta de pijamas tiene ahora un coste social que a los seis años apenas existía. Así que un niño que siente mucho puede esforzarse muchísimo por no mostrar nada.
Aquí también empiezan a pesar los mensajes sobre qué sentimientos son aceptables. "Los mayores no lloran", "los chicos no se ponen así por eso", "las niñas no deberían enfadarse" les llegan a través de compañeros, entrenadores y pantallas, y a veces también en casa sin que nadie quiera hacer daño. Un niño que interioriza estas reglas no deja de sentir; solo pierde el permiso para mostrarlo.
Al mismo tiempo, los propios sentimientos se vuelven más complejos. Además de la tristeza, el enfado y el miedo de siempre, esta edad trae vergüenza, celos, culpa y el dolor particular de quedarse fuera. Su vocabulario emocional suele ir por detrás, así que un niño de nueve años puede cargar con un nudo de vergüenza y envidia después del cumpleaños de un amigo sin más palabra para ello que "mal". Cuando los sentimientos no pueden salir como palabras, salen de lado: irritabilidad, contestaciones a los hermanos, lágrimas con los deberes, dolores de cabeza y de tripa las mañanas de colegio. En algunos niños, los primeros cambios hormonales de la pubertad empiezan hacia el final de esta etapa y añaden cambios de humor que sorprenden a todos, incluido el propio niño.
Querer un mundo interior propio es un paso sano, no un rechazo hacia ti. El objetivo no es recuperar al niño que te lo contaba todo, sino seguir siendo la persona a la que acude cuando importa.
Qué ayuda
Hablad uno al lado del otro, con una pregunta que no presione. "Siéntate, tenemos que hablar" hace que la mayoría de los niños de esta edad se cierren; el contacto visual directo y una pausa expectante se sienten como un interrogatorio. Los sentimientos salen con mucha más facilidad cuando las manos y los ojos están ocupados: en el coche, dando un paseo, cortando verduras o en los últimos minutos antes de dormir con la luz apagada. Cambia "¿Qué tal el cole?", que invita a responder "bien", por una pregunta con estructura: "Ponle nota a tu día del uno al diez", "¿Qué fue lo peor y lo mejor?". Si la respuesta es "un seis", di: "¿Qué le quitó los otros cuatro?", y espera. Unos segundos de silencio suelen ser el momento en que se decide la respuesta de verdad.
Pon palabras a tus sentimientos en voz alta. Los niños aprenden el lenguaje de las emociones sobre todo oyéndolo usar para cosas corrientes. "Me ha decepcionado que se cancele la excursión. Necesito un momento y luego pensaré qué podemos hacer en su lugar". Que sea algo pequeño y cotidiano, no una confesión de preocupaciones adultas. Importa muchísimo que los hombres de la vida de tu hijo también lo hagan, y que se les vea emocionados, preocupados o con lágrimas alguna vez sin que nadie lo trate como algo raro. Dilo claramente, a hijos e hijas por igual: "Todo el mundo llora, yo también; es lo que hace el cuerpo con un sentimiento grande", y asegúrate de que en casa las lágrimas reciben la misma reacción sea quien sea el que llora.
Construye el vocabulario a propósito. Imprime una rueda de las emociones y pégala en la nevera; cuando aparezca "mal", pídele que señale la palabra que más se acerca. Los libros, las películas y el deporte están llenos de material: "¿Qué crees que sintió ella cuando su amiga eligió el otro equipo?". Hablar de la vergüenza o los celos de un personaje es mucho más seguro que hablar de los propios, y deja las palabras a mano para más adelante. Nombrar un sentimiento con precisión le quita parte de su fuerza.
Valida primero y luego pregunta qué necesita. Cuando algo salga, resiste la tentación de saltar a las soluciones. Devuélveselo: "Eso suena muy injusto", "Normal que te disgustaras", "A mí también me habría dado vergüenza". Luego pregunta: "¿Quieres ideas o prefieres que solo te escuche?". Muchos niños solo quieren que los escuchen, y unos padres que lo arreglan todo demasiado rápido les enseñan que abrirse acaba en sermón.
Acepta todos los sentimientos; guía cómo se expresan. La línea está entre lo que siente y lo que hace con ello. "Puedes estar furioso con tu hermana. Tirar cosas, no. Puedes dar pisotones, decirme lo enfadado que estás o ir a pegarle a la almohada". Dale un pequeño menú de salidas aceptables y practicadlas en momentos tranquilos, para que "ve a calmarte" signifique algo concreto.
Respeta su privacidad y ofrécele otros canales. Algunos niños nunca serán muy habladores, y algunos sentimientos son más fáciles de escribir, dibujar o contar a alguien que no sea su padre o su madre. Un cuaderno solo suyo, un bloc de dibujo, un abuelo, un entrenador o un profesor de confianza son buenas vías. Díselo explícitamente: "No tienes que contármelo todo. Solo me gustaría saber si algo va muy mal, y si prefieres contárselo a la abuela o escribirlo, también está bien". Si le da vergüenza llorar en el colegio, ayúdale a prepararse en lugar de reprimirlo: un vaso de agua, un profesor al que acudir y el recordatorio de que la mayoría de sus compañeros también han llorado alguna vez en clase.
Qué evitar
Interrogar o insistir después de un no. Una ristra de preguntas nada más entrar por la puerta hace que cerrarse sea la única forma de tener paz, e insistir después de "no quiero hablar de eso" suele acabar en un portazo. Una buena pregunta y luego "Vale, aquí estoy cuando quieras", y la respuesta a menudo llega a la hora de dormir o en el coche al día siguiente.
"No es nada" y "no seas tonto". Aunque se digan para tranquilizar, le transmiten que su sentimiento está mal o es exagerado. Aprende a esconderlo, no a dejar de sentirlo.
Castigar el sentimiento en lugar de la conducta. Mandar a un niño a su cuarto por estar enfadado, y no por lo que hizo estando enfadado, le enseña que el enfado en sí es un delito. Normalmente produce un niño igual de enfadado que ahora lo esconde.
Burlarse de las lágrimas o contar sus confidencias. Una broma sobre ser un llorica, o su preocupación contada a los familiares delante de él, cierra la puerta más rápido que casi nada. Lo que te cuenta queda contigo salvo que su seguridad esté en juego, y debe saber que esa es la regla.
Cuándo pedir ayuda
Las semanas calladas y las rachas de mal humor forman parte de crecer. Habla con el médico de familia, el pediatra o un profesional de salud mental infantil si notas:
- tristeza, irritabilidad o aislamiento que duran varias semanas, no unos días;
- pérdida de interés por amigos y actividades que antes le gustaban;
- cambios notables en el sueño o el apetito;
- dolores de cabeza, de tripa u otras molestias físicas frecuentes sin causa médica;
- una caída importante en su implicación o esfuerzo en el colegio, o que se niegue a ir;
- que diga que se odia, que no vale nada o que todos estarían mejor sin él.
Si tu hijo alguna vez se hace daño a propósito, o dice algo sobre no querer vivir, tómalo en serio siempre. Mantén la calma, dile que te alegra que te lo haya contado y contacta con un profesional ese mismo día; si crees que está en peligro inmediato, llama a los servicios de emergencia.
Fuentes
- Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), "Positive Parenting Tips: Middle Childhood (9–11 years)"
- Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), "Positive Parenting Tips: Middle Childhood (6–8 years)"
- Academia Americana de Pediatría, HealthyChildren.org, "Helping Children Handle Stress"
- NHS (Servicio Nacional de Salud del Reino Unido), Every Mind Matters, "Children's mental health"